Turismo de la pobreza : solidaridad o voyeurismo?
Pasear por las favelas se ha vuelto una práctica turística casi ordinaria. Lo que no deja de provocar la polémica.
Nuestros corresponsales han entrevistado migrantes centroamericanos que atraviesan el territorio mexicano a bordo de trenes de mercancías. Muchos desaparecen en el camino. Ver su recorrido en nuestro mapa interactivo y pinchar las fotos comentadas.
Al costado de las vías, Juan, de 31 años, vigila atentamente la salida del tren mejor conocido como la bestia o el tren de la muerte. En Honduras Juan es ingeniero. “Pero es muy difícil encontrar trabajo y los escasos salarios son una miseria”, cuenta.
Entonces, intenta por segunda vez la travesía hasta Estados Unidos, donde espera ahorrar lo suficiente como para comprar un terreno a su familia.
Juan viajó en autobús hasta Guatemala, sin mayor inconveniente. “Los problemas aparecieron en México. Sin visa, hay que tomar el tren”, dice. En Tenosique, cuidad fronteriza del estado de Tabasco con Guatemala, le esperaba el primer disgusto: “Llegó una banda con machetes para secuestrarnos. Con mi hermano menor, Gabsi, y diez personas más, logramos escaparnos. Recorrimos unos kilómetros por la selva hasta encontrarnos de nuevo con la línea del tren”.
Con ellos, había dos mujeres a las que la velocidad de los vagones no les permitía agarrarse. Con malicia, Juan relata su estratagema para engañar a los maquinistas: “A ellos les gusta mucho el pisto (dinero). Sacamos papeles cortados, como si fueran billetes. El tren aminoró su marcha, subimos y fuimos a mezclarnos con los otros migrantes”
Unos días más tarde, 30 kilómetros antes de llegar a la estación de Coatzacoalcos, les aguardaba otra sorpresa. “Cuatro coches nos estaban siguiendo y el tren se detuvo. Eran Zetas (brazo armado del cartel del Golfo, cuyo principal ingreso es el tráfico de drogas). Uno de ellos hablaba por teléfono con el maquinista: “Párate y espera, aquí está mi gente"".
Otra vez, Juan y Gabsi pudieron escaparse, pero no todos tuvieron esa suerte: “Podíamos escuchar el sufrimiento de la gente y los golpes de machetes”. Muchos no reaparecieron en el camino.
En el Albergue Parroquial Guadalupano de Tierra Blanca, un refugio para migrantes llevado por la iglesia, los dos hermanos pudieron por fin descansar un poco. Muchos renuncian entonces como Anthony, un hondureño de 15 años.
Agotado por las tres semanas de travesía desde su salida de Honduras, Gabsi no irá más lejos. “Es demasiado peligro, prefiero regresar con vida a casa”, dice, con una sonrisa juvenil en los labios, a pesar de todo. Su hermano mayor le mira ansioso marcharse. Él seguirá solo la ruta hacia el “otro lado”, inhalado por el sueño norteamericano.
“Nadie puede afirmar cuántos pasan por esas líneas”, comenta Paulo Martínez, encargado de comunicación de la asociación Sin Fronteras. Según José Domínguez, uno de los voluntarios en el albergue de Tierra Blanca, el refugio recibe alrededor de 30 000 personas al año.
Muchos sueñan en arrancarse de la pobreza. Como Lourdes, una salvadoreña de 24 años.
El 75 % es hondureño. Los otros proceden del resto de América Latina, y a veces de África o Asia, aunque reconoce que estos últimos son minoría. “Muchos se quedan en las vías, creyendo que somos de la "migra" (unidades mexicanas que controlan la frontera), o peor, secuestradores”, asegura José.
De todos modos, el albergue improvisado no podría acoger a más migrantes ya que cuenta solamente con dos camas (reservadas para las mujeres y los niños), un baño y un comedor con capacidad para 15 personas. El padre Miguel Ángel Ochoa, encargado del refugio, denuncia la falta de recursos y el cinismo de las autoridades: “Gracias a la generosidad de la gente, estamos construyendo un nuevo albergue con capacidad para 200 personas. El presidente municipal (de Tierra Blanca) dijo recientemente que este proyecto era suyo aunque no puso ni un centavo para su realización”.
Una decena de establecimientos similares existen en el país. En ciertos lugares, como en Orizaba, a raíz de los delitos cometidos por algunos migrantes, tuvieron que cerrar sus puertas.
El género más expuesto en este tipo de viaje es el femenino, pues muchas mujeres son víctimas de violaciones durante el camino. “Al punto que algunas se previenen tomando anticonceptivos antes de llegar a México, conscientes del precio a pagar”, precisa Isabel Hernández, del Centro Nacional de Derechos Humanos en Tierra Blanca.
Al anochecer, entre botellas de alcohol, los testigos empiezan a describir el horror. Los policías, la “migra”, los cárteles, los Maras (bandas organizadas procedentes de América Central), a veces los propios migrantes y las ruedas del tren encabezan la lista de peligros que no parece terminarse, como cuenta Urian, un brasileño de 19 años.
Luis Alonso, un salvadoreño de 35 años, recuerda como la migra secuestró a su sobrino de 14 años.
Ana, una salvadoreña de 25 años, se queda con los ojos clavados en el suelo, la mirada vacía. Su compañero le pide: “Cuenta lo que te hicieron a la frontera”. El silencio responde por ella. A Cecilio, un migrante hondureño, nada le ocurrió; su vecino lo mira con sorpresa. Al preguntarles por qué no hicieron la denuncia, uno de ellos alegó: “¿Para qué? Si las mismas autoridades que deberían protegernos están involucradas?”.
Ver y compartir. El mapa interactivo hecho por nuestros corresponsales (pulsa en la versión en castellano) muestra el recorrido de los migrantes y los albergues donde pueden descansar, con direcciones y teléfonos.
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laguepie